La especificidad individual persiste durante toda lo duración de la vida, aunque los tejidos y los humores cambien continuamente. Órganos y medio interior se mueven al ritmo de procesos irreversibles, hacia transformaciones definitivas hasta llegar a la muerte, pero conservan siempre sus cualidades inmanentes. Ya no son modificados por la corriente de materia en que están sumergidos como no lo son los pinos de las montañas por las nubes que los atraviesan. Sin embargo, la individualidad se acusa o se atenúa según las condiciones del medio, y cuando estas condiciones son particularmente desfavorables, la individualidad parece disolverse. La personalidad mental es menos pronunciada que la personalidad orgánica. Si hemos de referirnos a los hombres modernos, podemos preguntarnos con justa razón, si aún existe. Ciertos observadores ponen su realidad en duda. Teodoro Dreiser la considera como un mito. Es cierto que los habitantes de la Ciudad Nueva presentan una gran uniformidad en su debilidad moral e intelectual. La mayor parte de los individuos están construidos según el mismo tipo: una mezcla de neurosis y apatía, de vanidad y de falta de confianza en si mismos, de fuerza muscular y de falta de resistencia a la fatiga, de tendencias genésicas, a la vez irresistibles y poco violentas, a veces homosexuales. Este estado se debe a graves desórdenes en la formación de la personalidad. No es solamente una actitud del espíritu, o una manera, susceptible de ser cambiada con facilidad. Es la expresión, ya sea de una cierta degeneración de la raza, ya del desarrollo defectuoso de los individuos o de ambos fenómenos a la vez.
Esta decadencia es, hasta cierto punto, de origen hereditario. La supresión de la selección natural ha permitido la supervivencia de seres cuyos tejidos y cuya conciencia son de mala calidad. La raza se ha ido debilitando causa de la conservación de tales reproductores. No se sabe aún la importancia relativa de esta causa de degeneración, Como ya lo hemos expresado, la influencia de la herencia no es fácil de ser distinguida de la del medio ambiente. La idiotez y la locura tienen generalmente un origen ancestral. Por lo que toca a la debilidad mental, observada en las escuelas, en las universidades y en la población en general, proviene de desórdenes del desarrollo y no se debe a defectos hereditarios. Cuando esos seres flojos, de escasa inteligencia y faltos de moralidad, cambian radicalmente de medio y se les coloca en condiciones lo más primitivas posibles de vida, a veces se modifican y adquieren nuevamente su virilidad. El carácter atrófico de los productos de nuestra civilización no es, pues, incurable. Está lejos de constituir siempre la expresión de una decadencia racial. Entre la multitud de débiles y deficientes, existen sin embargo hombres completamente desarrollados. Cuando observamos con atención a estos sujetos, nos parecen superiores a los esquemas clásicos. En efecto, el individuo cuyas potencias están todas actualizadas no es de ningún modo conforme a la imagen que se hace de él cada especialista que lo estudia. No constituye los fragmentos de conciencia que procuran medir los psicólogos; no se encuentra tampoco en las reacciones químicas, los procesos funcionales y los órganos que se reparten los especialistas de la medicina; ni siquiera en la abstracción cuyas manifestaciones concretas procuran dirigir los educadores. Está casi ausente del ser rudimentario que se imaginan los: “Asistentes Sociales”, los directores de prisiones, los economistas, los sociólogos, los políticos, etc. En suma, no se muestra jamás a un especialista, a menos que éste consienta en tomar en cuenta el conjunto del cual sólo estudia una parte. Es muchísimo más que la suma de los datos acumulados por todas las ciencias particulares. No podemos abarcarle por entero. Encierra vastas regiones desconocidas. Sus potencialidades son gigantescas. Como la mayoría de los grandes fenómenos naturales, resulta aún ininteligible para nosotros. Cuando le contemplamos en la plena armonía de sus actividades orgánicas y espirituales, despierta en nosotros una poderosa emoción estética. Y es este individuo quien es el creador y el centro del universo.
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